domingo, 7 de diciembre de 2014

Te mentí.

Te mentí.
Te mentí cada vez que te miré a los ojos
para decirte que todo estaba bien así.

Te mentí en cada barrera que puse:
ni aquéllo era una trinchera,
ni atacaban con piedras,
era un ejército armado con flores.

Te mentí desde el principio.
Yo ya sabía que iba a enamorarme de ti
antes de preguntarte
si ibas a besarme de una vez.

Te mentí.
Yo ya sabía que me metía en la boca del lobo,
pero es que no quería otra;
ser consecuentes nunca fue la primera opción.

Te mentí,
no dejé de escribirte ni un solo día:
arranqué las páginas.

Te mentí,
te mentí una y otra vez.
No quería que ese beso fuera el último,
ni esa noche.

Te mentí en la playa:
me moría de frío en la orilla,
pero sabía que tú también.
Te mentí en la noria:
la verdad es que no tenía tanto miedo
a las alturas,
lo supe en cuanto me cogiste en brazos,
me elevaste y me hiciste girar junto a la catedral.

Te mentí cada vez que te fuiste:
no estaba dormida,
era que tampoco quería despedirme.

Te mentí cada vez que te dije
que el espacio era lo mejor,
yo ya tenía calculada la distancia
que hay entre tu sueño y el mío,
por si la realidad apretaba demasiado.

Te mentí,
tenía miedo,
y cada vez que te mentía
me mentía a mi misma;
pero claro:
eso tú ya lo sabías.