Soñando sin dormir.
No te haces una idea
del trabajo que me cuesta ahora abrirme el papel.
Le abro a él y le dejo en blanco,
como siempre.
Un instante.
Dos.
Me llamas.
Sonrío.
Me río.
Te miro sin tenerte.
Imagino que vuelves.
Te recuerdo
mientras escucho de fondo tus sueños
y me da por pensar que a veces lo haces
sólo para contarme lo bonita que puede ser tu realidad.
Yo mientras te acaricio en mi cabeza,
dejando la película sin final
porque me come la prisa de comenzar contigo.
Te beso,
sitúo mis palmas con cuidado en tus salientes
y te juro que lo único que me salía decirte
se apellidaba amor.
Ríes a lo lejos,
reventando la distancia por teléfono.
Sigues hablando de dormir para soñar
sin saber que en ese momento
te estaba soñando sin dormir.
En mi cabeza,
te hice saber en lo que derivaban mis ganas.
En hacerte.
Quería hacerte entre mis dedos,
ver cómo te deshacías,
cómo te dejabas envolver,
morderte las costuras,
romperte el anochecer con mi lengua abriendo paso por tu piel.
Y aunque quisieras dormir, no dejarte.
Joder, sobre todo o dejarte ir.
Has venido tú
y no puedo dejar de pensar en tus labios
y en esa manera tan tuya de besarme cada lunar
diciéndome que tienen complejo de planeta.
Lo que no sabes
es que son las coordenadas
de todas las caídas que suma mi espalda.
Me enganchas con tu voz
mientras te dedicas a besar constelaciones
y no sé qué es lo más bonito de todo esto,
si sentirte, a secas
o atreverte a dejarme seca de sentidos.
Terminas colgando mi sonrisa,
despertando tus sueños.
Termino colgándome de tu risa,
soñando despierta.
Descanso de pensarte
y me vuelvo a la cama
a imaginar que me llamas.